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El conflicto es una realidad de la vida. Desde el mismo momento en que nos constituimos como seres sociales, empiezan también a surgir diferencias, discrepancias, perspectivas opuestas, desacuerdos, luchas entre personas o situaciones.

A mayor complejidad del sistema  de relaciones, mayor proliferación, diversidad y complejidad de los conflictos que se producen.

Nos encontramos así con controversias desde el ámbito más reducido como es en el núcleo familiar hasta alcanzar los más amplios en el ámbito de las relaciones internacionales, pasando por los ámbitos comunitarios (vecinales, locales, municipales, etc.), escolares y organizativos, donde podemos incluir el empresarial-laboral y el sanitario.

El sanitario, debido a su naturaleza y complejidad específica, a menudo es considerado un espacio concreto y diferenciado del resto, pese a tratarse de un tipo de conflicto organizacional. No obstante, la organización sanitaria se encuentra intercedida por multitud de factores transversales, tanto emocionales (vulnerabilidad, estrés, incertidumbre, etc.), como laborales (interdisciplinariedad, toma de decisiones, alto grado de responsabilidad, etc.), así como el alcance de las acciones, que abarca desde el nivel individual (el tratamiento específico de un paciente) hasta el nivel global o social (en el caso de la prevención y/o control de pandemias, etc.).

Ante este panorama, lo realmente importante es ¿cómo resolvemos estos conflictos? e incluso ¿cómo podemos prevenir muchos de ellos?

Existen diversos métodos que permiten resolver toda una gama de problemas. Entre estos, encontramos la mediación, cuya finalidad central es brindar a las personas un medio satisfactorio para resolver disputas en menos tiempo y sin los gastos ni las complicaciones que acarrean los procedimientos legales formales.

Como cualquier otro sistema organizativo, el sistema sanitario contiene elementos de complejidad, a los que además hay que añadir factores específicos, como el tipo de servicio que ofrece (en el que tanto las personas  usuarias como las/los profesionales se mueven en condiciones de vulnerabilidad y estrés), el espacio de trabajo con un alto contenido emocional, la necesidad de trabajar en equipos interdependientes, así como el tipo de decisiones y relaciones significativas que se establecen.

Quién no se ha encontrado en algún momento de su vida en una situación donde los problemas de salud, tanto propios como de algún familiar o amigo, nos imbuyen de una gran fragilidad e impotencia, añadidos a la preocupación por la enfermedad en sí. Fragilidad por vernos abocados a una experiencia existencial de difícil comprensión e impotencia por vernos inmersos en un sistema que parece no entendernos ni dar respuesta a nuestras necesidades. Y, en el reverso de esa misma moneda, nos encontramos con el conjunto de profesionales que cada día trabajan por mejorar esas condiciones de salud, teniendo que tomar decisiones de enorme dificultad en condiciones no siempre óptimas.

Todos estos elementos facilitan la proliferación de gran cantidad y variedad de conflictos; conflictos que suponen un coste adicional, tanto monetario, como temporal y emocional.

La mediación permite tratar tanto los conflictos internos (entre profesionales) como externos (con las personas usuarias, familias, proveedores, etc.).  Y, por ello, no se limita a la simple gestión de conflictos ya existentes, como puede ser la vía judicial, sino que se amplía, incluyendo una serie de actuaciones dirigidas a la prevención, la intervención y la investigación en las que se contempla el asesoramiento, la formación, el coaching directivo y de equipos, además de la gestión propia de los conflictos.

En esta línea, señala el Dr. Juan José Rodríguez Sendin, presidente de la Fundación para la Formación de la Organización Médica Colegial, “La mediación protege al sistema sanitario […] buscando la mejor manera para ponerse de acuerdo, poder compensar las consecuencias de los errores y evitar al máximo la Medicina defensiva, el encarecimiento del sistema y, por supuesto, la desconfianza de los pacientes hacia los profesionales”.

Por todo ello, la mediación sanitaria es una buena alternativa, puesto que no sólo mejora la calidad del servicio sino también la percepción del mismo por parte de la ciudadanía y de las/los profesionales.