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Tomar la decisión de separarse o divorciarse es una de las más difíciles y traumáticas. Supone cambiar el mundo que nos rodea, las rutinas a las que estamos acostumbrados, las relaciones entre todos los miembros de la familia. Es difícil para los adultos que toman la decisión pues tienen que lidiar con la incertidumbre que atraviesa todos los aspectos: emocionales (sentimientos de culpabilidad, traición, soledad, miedo, etc.), económicos (qué gastos tengo que afrontar y cómo), de poder (uno queda como ganador, el otro como perdedor) y un largo etcétera. Tanto es así que se suele asimilar el proceso de divorcio con el del duelo. Pero, si es así para los adultos que toman la decisión, ¿cómo es para los más pequeños?

Los hijos son los más afectados por un proceso de separación y/o divorcio. No sólo cambia todo su mundo conocido, sino que además lo hace por razones que desconocen, que, según la edad, no llegan a comprender, que no les importan y además les han venido impuestas;

todo se desmorona a su alrededor y nadie parece haber tenido en cuenta su opinión ni lo que les hubiera gustado decir y decidir.

Los adultos que les rodean empiezan a comportarse de manera extraña; aquellos que se supone que todo lo saben y controlan, aquellos que significan seguridad, estabilidad y amor empiezan a transmitir inseguridad, desequilibrio y desapego. Por lo que a todas las emociones que mencionamos antes (que también sienten los niños porque su situación es la misma que la de los adultos) hay que añadir una enorme sensación de impotencia e incomprensión.

La mediación no va a convertir en un jardín de rosas lo que, por naturaleza, es más parecido a un duelo que a un eterno amanecer, pero sí resulta de enorme utilidad para rebajar toda la tensión que la situación conlleva. Acudiendo a mediación, las parejas no resuelven sus problemas para volver a estar juntos (no es terapia de parejas), pero sí consiguen salvar sus diferencias, restableciendo una comunicación fluida y cordial, de manera que puedan planificar sus nuevas vidas de modo satisfactorio para ambos. Y lo que es más importante,

las parejas consiguen reconstruir su relación mientras que su papel como padres continúa.

En mediación, las parejas conforman un acuerdo sobre cómo quieren que sea su vida a partir de entonces, y lo logran de forma consensuada, respetuosa y racional. Valores que se transmiten a los menores, quienes encuentran en la mediación un espacio donde poder exponer sus sentimientos, pensamientos, miedos y preocupaciones. Por supuesto, las decisiones corresponden a los adultos, pero en mediación los menores se sienten escuchados y que siguen formando parte de lo que hasta ahora creían inquebrantable: su familia.

La mediación permite comprender a los adultos que pueden dejar de ser pareja sin dejar de ser padres, y a los niños que la familia y las circunstancias pueden cambiar pero ellos seguirán contando con sus padres para todo lo que necesiten.