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Cuando nos presentamos ante los gerentes o directores de recursos humanos de distintas empresas como profesionales que les pueden ayudar a gestionar los conflictos que surgen en su ámbito laboral, la respuesta más común es que la conflictividad en su empresa es muy baja o, incluso, inexistente.

La palabra “conflicto” goza de muy mala fama; generalmente se la vincula con tensión, enfrentamiento, lucha, pelea, angustia, problema,… De ahí el rechazo o la negación; tal es así que muchas veces cuando preguntamos a una de las partes implicadas en un conflicto su respuesta es “yo no tengo ningún problema, por mi parte no hay ningún conflicto”.

No obstante, existe otra acepción del término “conflicto” y es aquella que partiendo de la premisa de que se produce una situación discrepante ante un desacuerdo o incidente enfatiza la idea de que dicha situación sirve para mover, ocasionar, suscitar un cambio. Desde este punto de vista, no existen relaciones sin conflictos. Lo que debemos hacer entonces es normalizarlo, no negarlo.

Es lo que nos permite cambiar y mejorar; cuando nos encontramos con algo que nos desagrada, es cuando sentimos la necesidad de movernos de donde estamos, cuando tenemos la motivación suficiente para suscitar un cambio.

Por tanto, lo problemático no es el conflicto en sí, sino su negación o rechazo. Cuando nos negamos a ver una situación conflictiva o la abandonamos pensando que “el tiempo lo cura todo”, es cuando se produce la escalada del conflicto. Es cuando sentimos enfado, angustia, tensión, etc.

La empresa no es ajena a estas situaciones; todo lo contrario, en la empresa es donde la mayoría de las personas pasa la mayor parte de su tiempo, donde se establecen las más variadas relaciones; “segunda familia” se la suele llamar. Y puede suceder que no se produzcan, en el día a día, situaciones abiertamente conflictivas pero, bien analizado, encontramos que el clima laboral no es bueno, que existe cierta tensión entre los trabajadores, que prima la desmotivación, que aumenta el absentismo y que baja la productividad.

El conflicto, bien gestionado, puede suponer un punto de inflexión. La mediación, en el ámbito empresarial, cambia esta situación de angustia y/o desidia por otra donde los empleados sienten motivación y satisfacción, donde sienten que pertenecen a un equipo laboral movido por un objetivo común.

Cuando se aplica la mediación a ambientes laborales el absentismo se reduce, la productividad y efectividad aumentan, así como la motivación de los trabajadores. Por eso no debe darnos miedo introducirla en nuestra empresa; todo lo contrario, lo que debe prevenirnos es no gestionar correctamente los conflictos del día a día, dejar que escalen y se estanquen.