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“Familia” es un concepto que todos parecemos comprender desde el más básico sentido común, pero qué es exactamente la familia. La RAE la define, en su primera acepción, como el grupo de personas emparentadas entre sí que viven juntas y que puede referirse también, en su segunda definición, al conjunto de ascendientes, descendientes, colaterales y afines de un linaje. No obstante, esta definición no parece abarcar relaciones entre personas distintas de las anteriormente mencionadas pero que no dudaríamos en calificar de familiares. Lo cierto es que la familia es probablemente la institución o estructura social más básica y antigua que existe, lo que a su vez puede deberse a su flexibilidad, a su adaptabilidad a los cambios relacionales y de mentalidad. Dicho de otro modo, no sólo hablamos de familia para referirnos a la tradicional pareja heterosexual con hijos, sino también para referirnos a parejas humanas (ya sean heterosexuales u homosexuales) con o sin hijos; a personas individuales con hijos (familias monoparentales); a personas unidas por parentesco de sangre o político; a parejas que viven juntas sin lazos legales (parejas de hecho); padres divorciados/separados con hijos; etc.

No obstante, a pesar de toda esta diversidad, existen ciertos elementos que son comunes a todos los tipos de familia, léase, emocionales, generacionales, relacionales, sociales, económicos y de poder. Todos estos factores convierten a la familia en una estructura donde los conflictos encuentran unas condiciones idóneas para aparecer (por diferencias ideológicas, relacionales, intergeneracionales, etc.), escalar (debido a los fuertes lazos emocionales que vinculan a las personas involucradas) y estancarse (a menudo en las relaciones familiares los conflictos tienden a estancarse debido al cansancio de las personas involucradas y/o al miedo a perder, por lo que se tiende a “dejar las cosas como están”).

La mediación, en general, ha demostrado ser enormemente eficaz a la hora de resolver conflictos, no sólo porque es más rápida, económica y eficaz que otros métodos de resolución de conflictos (jurisdicción ordinaria, arbitraje, negociación, etc.), sino también porque permite restablecer las relaciones que se han visto lesionadas en el desarrollo del conflicto. Y es precisamente en esto en donde radica el valor de la mediación; valor que adquiere un grado exponencial en el caso de la mediación familiar, puesto que incluso en los casos donde no se consigue llegar a un acuerdo sobre un conflicto ya existente, la relación entre las partes se regenera y/o recupera al restablecerse la comunicación. Sin embargo, no por ello debe confundirse la mediación con la terapia; en mediación no pretendemos “curar” o “sanar” las relaciones (de pareja, paternas, fraternales, filiales, etc.), sino que una vez tomadas las decisiones oportunas (divorcio, cuidado de mayores, herencias, custodias, etc.), la mediación ayuda a alcanzar un acuerdo que beneficie a todos.