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Desde hace unos años se ha empezado a hablar de la mediación. Quizás conocemos alguna pareja que cuando ha acudido a su abogado o, incluso al juez, para comenzar con los trámites del divorcio, se le ha recomendado ir a mediación. Pero, ¿exactamente para qué? ¿se trata de un psicólogo que me va ayudar a arreglar la situación con mi pareja? ¿una especie de terapia de pareja? ¿de otro abogado, o semejante (letrado, procurador, notario, etc.), que me va a explicar las cosas de otra manera? Por otro lado, estamos acostumbrados a vincular el concepto de mediación con el ámbito de los seguros: “recurra a un mediador de seguros para encontrar la opción que mejor se acomode a sus necesidades y al menor precio”. Asimismo, muchas veces cuando oímos el término “mediación” automáticamente nos viene a la mente la idea de “intermediación”, una especie de “corre-ve-y-dile; cuando dos personas se encuentran en un conflicto que se ha cronificado en el tiempo y han llegado a un punto donde la comunicación parece imposible, a menudo recurren a una tercera persona para que “intermedie” y vaya con los mensajes de uno al otro y viceversa, cual pelota de tenis.

Entonces, ¿qué es la mediación? ¿quién la ejercita? ¿me va a solucionar los problemas? Empecemos afirmando qué no es. No se trata de ningún tipo de terapia, donde se ayuda a las personas a realizar un saneamiento emocional mediante métodos introspectivos, si bien las emociones son un elemento a tener en cuenta en mediación. No es un “buscador” de soluciones; el mediador no propone, ni aconseja, ni construye, ni decide la solución a ningún problema; si bien la terminación del conflicto, con una solución satisfactoria para todos, es uno de sus objetivos. Y tampoco es un “mensajero” que vaya de una persona a otra llevando sus mensajes, si bien la comunicación, su fluidez y la correcta interpretación de los mensajes es una de sus herramientas.

La mediación es un espacio de comunicación y reflexión donde las personas son capaces de poner sobre la mesa no sólo el conflicto abierto que existe entre ambos, sino también todos aquellos elementos que, de algún modo, interfieren y obstaculizan dicho conflicto. Para ello, cuentan con la ayuda del mediador, el cual es una persona, independiente e imparcial, que cuenta con herramientas o métodos específicos que permiten a las partes sacar todo aquello que les preocupa y verlo desde una óptica distinta para que, poco a poco, sean las propias partes las que construyan una salida a su situación. El mediador puede tener, de base, cualquier formación: puede ser abogado, psicólogo, trabajador social, sociólogo, economista, físico, filósofo, etc. pero además debe tener la formación específica como mediador, aquélla que le capacita para crear un ambiente de diálogo y respeto y adquirir las cualidades necesarias para lograr que personas que han renunciado a tener cualquier trato entre ellas sean capaces de retomar su comunicación, buscar una solución consensuada y, en el mejor de los casos, restablecer una relación lesionada.

No obstante, y a pesar de todo esto, ¿por qué recurrir a la mediación? Sencillamente porque es una buena opción además de ser más económica y rápida (que otras opciones como la judicial, arbitral, etc.), más eficaz (en tanto que los acuerdos son más duraderos), confidencial (puesto que todo lo que se dice en mediación se queda en mediación), flexible (es mi problema y yo decido las alternativas y la mejor salida). Además, la mediación no es excluyente, los otros procedimientos siguen estando ahí en el caso, poco probable, de que una vez probada decidamos que no se ajusta a lo que queremos.

Se trata de una oportunidad donde las personas pueden tomar las riendas de su propia situación y tomar las decisiones que mejor crean convenientes, sin tener que encomendar algo tan personal a un tercero que no va a poder considerar todos los elementos que se van a ver afectados por ello.

Así que la pregunta adecuada sería entonces, ¿por qué no la mediación?